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MODELANDO SISTEMAS COMPLEJOS CON PAN Y VINO

Enviado por Jorge Henríquez el lunes, 05 mayo, 2008 a las 11:44

080502

He tenido tres ejemplos claros en mi vida, cada uno de ellos ha dejado una huella profunda en el sendero luminoso que tengo a mis espaldas.

Cuando hacía mi Maestría en Tecnología, hubo un profesor Canadiense que me dio la pauta para modelar sistemas complejos; cuando me entregó el paper, no pensé que sería el comienzo de un escrito como el que comienzo; es más, cuando buscaba lápiz y papel, no pensé en toparme con el paper.

Busqué un sacacorchos, una copa y un pan y me dispuse a analizar el individuo que quiso intimidarme, mientras compraba la botella de Carmen Margoux, diciendo que tenía una pistola, que vivía no sé donde y que hacía tres noches que no dormía; y me acordé de la “lectura de mierda”, aquella que uso cuando obro, de Juan Antonio Marina, un filósofo español que en el capítulo 2 del libro “Ensayo sobre los Miedos”, habla sobre la necesidad de intimidar; fue entonces cuando inconcientemente dije: “estoy aquí, temiendo lo que va a pasar, y el hecho de sentirme con el derecho a sentirme superior al resto de los seres, solo por “saber más”, me hace perder el temor.

Uno de los ejemplos que me refería al comienzo, me enseño a ser “compasivo”, a poner el otro cachete, a mirar el suelo, a morderme el labio, a perdonar y a saber reconocer mis defectos; sin embargo, no me enseñó que la otra mejilla solo se pone a veces, no me enseñó que mirando el suelo solo se ve un metro de tu futuro, no me enseñó que existen carnes mucho más exquisitas que los labios inferiores, que en contadísimas ocasiones no es necesario perdonar y que mis defectos solo son defectos si los comparo con otros; pero me enseñó.

Vuelvo al drogadicto del génesis de este escrito, mientras miraba sus ojos, los comparé con los míos y con los de mi padre y con los de mi hijo; había cierta similitud, había un aire de ser humano, y me dio vergüenza de ser ser humano; de ser padre y de ser hijo; me dio ansias de ser jirafa o bacteria o ballena o jíbaro, pero no quería ser ser humano, que sentirme “ser” pero no humano, quizás solo aire, solo vidrio o solo soñar que lo era.

El segundo de los ejemplos, el más humano y el más difícil de explicar, me enseñó que los humanos no existen, que la sabiduría es única y que solo está asignada a cuatro personas, por lo tanto me enseñó egoísmo; me enseñó que la tinta tinta sobre una superficie reducida al radio de un círculo muy conspicuo y que PI no deja de ser solo un número con decimales infinitos, me enseñó a querer pero no me enseñó a amar.









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